La danza de la realidad (Crítica)

La danza de la realidad (Crítica)

La fantasía de lo cotidiano a través de los ojos de un niño podría sonar ya a un cliché europeo, pero las cartas en la baraja cambian cuando este pequeño es Alejandro Jodorowsky.

Luego de una ausencia en las pantallas de veintitrés años, el maestro de la psicomagia regresa con una obra tan peculiarmente «Jodorowskiana» como diferente a lo que nos tenía acostumbrados -si es que alguien realmente se puede acostumbrar a su estilo-. Extremadamente autobiográfica, siguiendo la línea pretendida desde Santa Sangre (1989), La danza de la realidad es un retrato surrealista del puerto de Chile (principalmente el puerto de Tocopilla) durante los años treintas y la dictadura de Ibañez.

El film reinvierte tradicionales elementos del autor, como la representación salvaje de los pobres, la unión entre lisiados y hombres deformes, los circos y una buena dosis de mutilación animal. Muchas secuencias son tomadas directamente de la infancia de Alejandro, mismos que ya había expuesto o discutido previamente a través de otras obras, entrevistas y conferencias, por lo que a sus más fieles seguidores no los cautivará la sorpresa del pasaje, sino la manera de resolverlo fílmicamente.

La danza, al igual que El Topo (1970), por ejemplo, se divide en dos partes hiladas frágilmente por una coherencia narrativa de pretexto, porque individualmente son todo menos codependientes. Amabas tratan, sin embargo, de la lucha del hombre por cumplir el propósito de su alma y las inclemencias que la vida le presenta para lograrlo. Primero, un ‘Alejandrito’ debe resolver el conflicto de su identidad entre la dualidad de la esperanzante magia y sutileza con la que aprecia el mundo y la rudeza sin igual de su autoritario padre. Éste, por cierto, interpretado por Brontis -el mayor de los hijos de Jodorowsky-  es el protagonista de la segunda parte, una en la que busca acabar con la vida del dictador Carlos Ibañez del Campo.

Técnicamente, esta es por mucho la película de mayor calidad de ‘Jodo’. La fotografía y la dirección de arte simplemente transportan a un bellísimo libro de cuentos infantiles. La realización es también mucho más cuidada. Sin embargo, el detalle que más la distingue de sus predecesoras es que el ‘maestro’ por fin logró una verosimilitud entre el género de la película y su ejecución. En vez de perderse en pretenciosas alegorías sin referente contextual, como lo hiciera en su ópera prima, Fando y Lis (1968), en el siglo veintiuno opta por apostarle a un género al que el público posmoderno está ya más que acostumbrado: el humor negro, pero con descaradas pizcas del teatro de lo absurdo.

En conclusión, la última entrega de Jodorowsky es más que digna de ser vista y ya no necesariamente debe pertenecer al mundo de las proyecciones de media noche. ¿Será un film de culto y para un público selecto? Sí, pero ahora ya puede jactarse de ser autónomo y una obra merecedora de ser estudiada ya no como una imitación de Fellini o un experimento de la época, sino como una película del cineasta Alejandro Jodorowsky.

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